LA MÚSICA Y LA DANZA NATIVA SANTIAGUEÑA. RESERVORIO DE IDENTIDAD

La música es para el santiagueño, la expresión más evidente de su folklore, a través de ella desnuda su espíritu, sus sentimientos, costumbres y tradiciones. Relata en sus versos la simpleza de la vida cotidiana,  las vivencias de cada época, las pasiones, la lejanía, el arraigo a la tierra madre, su paisaje, creencias y su cotidianidad.

Es la música del pueblo con hondas raíces en la propia cultura; la que dice, enseña, denuncia; expresa mucho más que acordes melodiosos, da cuenta de una forma de vida ancestral, que se ha transferido de generación en generación y que remite siempre a sus rasgos más autóctonos.

Sus coplas pintan el paisaje de Santiago, la solitaria aridez de sus llanuras, el misterio que encierran sus montes, la peligrosa vehemencia de sus ríos y en ella destaca al hombre manso y pasivo, moldeado por sus tradiciones y su geografía.

La música forma parte de la vida diaria del santiagueño. Está siempre presente en su cotidianidad,  acompañando la alegría y también la tristeza; la despedida y el encuentro; la amistad, la religiosidad, el amor; evoca las costumbres y tradiciones, los personajes y las historias populares;  los mitos y leyendas que sobreviven en el imaginario popular; es filosofía ancestral, es sentimiento, es vida.

La rica cultura santiagueña ha inspirado a poetas, músicos y cantores, cuyas voces han sabido  describirla y trasmitirla, siendo la pintura más exacta que define la idiosincrasia de este pueblo.

Grandes creadores han permitido mantener viva la tradición a través de la música, conservar las costumbres originarias, respetar las enseñanzas de sus leyendas, mantener el arte heredado como parte de la vida diaria, evocar sus rituales y festividades, rescatar la lengua quichua, preservar su gastronomía y disfrutarla; sentirse orgullosos del folklore de Santiago del Estero.

Si bien la música nativa fue siempre parte de la vida santiagueña, su difusión comienza con  Don Andrés Chazarreta, que solitariamente allá por 1921, incursiona en Buenos Aires, en su afán de rescatar los ritmos originarios no sólo de Santiago, sino de toda la Argentina, que se iban perdiendo ante el avance de propuestas foráneas.

A partir de él, muchos siguieron su camino, siendo esta provincia, el incesante semillero que dio al país la más vasta producción en este género, sin haber perdido jamás el amor y el respeto por la cultura y el paisaje natal.

El correr de los años fue perfilando nuevos modos, incorporando acordes, instrumentos, hasta hoy en que las actuales generaciones han evolucionado el concepto de música, con nuevas formaciones instrumentales, armónicos sonidos y extrema musicalidad, pero respetando la esencia de los ritmos originarios y transmitiendo con los versos, la inagotable cultura popular.

Ello originó un movimiento nacional de gran apego a las costumbres provincianas y permitió que los jóvenes cultivaran ese amor por la cultura de Santiago y su inigualable música.

Entre los ritmos autóctonos, los investigadores sostienen que la chacarera y la vidala son consideradas como símbolos de la identidad santiagueña. Su formato, heredado de la música de la España evangelizadora, es la copla, conformada por cuartetas octosilábicas. De esta manera fue adquiriendo e incorporando los rasgos propios de la cultura y la geografía local, lo que originó un nuevo concepto musical con idiosincrasia propia. Los primeros instrumentos introducidos fueron el arpa y el violín, siendo éstos quienes dieron sonido y musicalidad a las incipientes formaciones.

Música popular en Santiago, tradicionalmente ejecutada con guitarra, bombo y violín, en la actualidad han incorporado formaciones instrumentales variadas y riquísimas en sus expresiones. Siempre acompañada con palmas y suaves castañeos de los dedos, el acento rítmico y el clima festivo son su impronta.

También su coreografía estuvo inspirada en las danzas cortesanas que los evangelizadores introdujeron, precisamente en aquellas llamadas “picarescas”, que arraigaron fuertemente en el centro del país.

La chacarera es el baile que por origen y costumbre identifica la provincia y ocupa un lugar preponderante en su patrimonio cultural inmaterial. Danza de pareja, que con algarabía recrea las mudanzas del varón por conquistar a la dama. El zapateo galante y viril ante el suave y coqueto volar de polleras.

Cuenta la tradición oral que la chacarera surgió en Salavina, uno de los tantos asentamientos poblacionales pre colombinos que aún hoy perviven en Santiago del Estero. El nombre deriva del vocablo “chacarero”, trabajador de la  chacra, que en quechua santiagueño significa maizal. Los paisanos se las dedicaban a las hijas mujeres de los chacareros, para festejar las buenas cosechas, asumiendo por ello el género femenino.

La rica cultura santiagueña se expresa también con otros ritmos, que junto a la chacarera, evocan las tradiciones y costumbres. Gato, escondido, zambas, bailecitos, pala pala, remedios y huayra muyoj, adquieren simbología y son modeladas a imagen y semejanza de este pueblo que se expresa a través de ellos. Desde el sonido llorón y lejano de las vidalas hasta la impetuosidad de la chacarera, todos dan significado al ser y existir del santiagueño.

Entre las danzas nativas santiagueñas es importante destacar a la zamba alegre,  una de las composiciones auténticamente folklórica, es decir de autor anónimo. Fue recopilada por Don Andrés Chazarreta en 1916, en el interior de Santiago del Estero, según manifiesta Carlos Vega y la incorpora en sus múltiples presentaciones. La versión era netamente instrumental, recién en 1953,  los Hermanos Ábalos la dotan de letra.

Tiene la particularidad de combinar zamba con chacarera, según reza en sus estrofas, aunque algunos estudiosos opinan que se trataría más de bien del ritmo lento y elegante de la zamba y la vivacidad y desenfado del gato.

Algunos investigadores sostienen que su origen correspondería a la región central del país, presumiblemente a Santiago del Estero.

Quizá por herencia musical del santiagueño, por su estirpe folklórica o por la calidad y prestigio de sus bailarines, la coreografía de los ritmos nativos, especialmente del noroeste, poseen una innegable impronta santiagueña, que ha sido reproducida por la región. Respecto a ello Carlos Vega afirma “Desde el punto de vista coreográfico muchas de las versiones santiagueñas son locales, y algunas, exclusivas. No decimos que sean mejores o peores, fieles o alteradas; decimos que el país toca y baila las versiones de Santiago del Estero. Que el país lo sepa, al menos”. Apuntes para la Historia del Movimiento Tradicionalista Argentino, 1982.

Santiago del Estero, su inconfundible música folclórica; sus poetas, filósofos de la vida y el amor; músicos avezados; cantores y bailarines por vocación y sentimiento; han despertado al país la esencia misma de sus orígenes, cundiendo en todas las generaciones el apego a estos ritmos y reafirmando su  Folklore.

Instrumentos Musicales

En la fabricación de instrumentos musicales, Santiago del Estero posee un gran prestigio.

De fabricación netamente santiagueña, la sacha guitarra es un instrumento ideado, construido e interpretado inicialmente por el músico atamishqueño Elpidio Herrera.

La sacha guitarra está construida con un porongo ahuecado y posee  cuerdas metálicas. Se ejecuta con un diapasón y asume diferentes sonidos, de guitarra, de violín, violoncelo o sikus; además de conjugar el violín y la guitarra en un sonido incomparable; imita los sonidos del monte y de los pájaros.

Dada la peculiaridad de este instrumento, solamente fue ejecutada por su creador, hasta su fallecimiento y actualmente lo hace Manuel Herrera, uno de sus hijos.

También la provincia es reconocida por la gran producción de bombos, especialmente el legüero (llamado así por considerarse que es escuchado a gran distancia). Éste  se lo trabaja en madera de ceibo, tala o quebracho blanco, con parches de cuero de corzuela, cabra, oveja o vizcacha. Entre los innumerables lutiers de bombos, se destacan las figuras de Froilán González y Mario Paz, cuyas producciones han adquirido prestigio nacional e internacional, integrando las formaciones instrumentales de afamados músicos de Europa y Latinoamérica.

Son muy destacados, además, más allá de las fronteras del país, los violines, mandolines y guitarras, de factura santiagueña, contándose con prestigiosos cultores de esta actividad.

En la campaña santiagueña existe un instrumento musical, cuyo uso se ha ido perdiendo en el tiempo, aunque existen aún algunos que suelen acompañar las procesiones de las Vírgenes o Santos Patrones, especialmente en el departamento Silípica.

Se trata del “erque” o “corneta”, cuya fabricación es realizada por los pobladores de la zona. Se hace con un cuerno de vaca (asta), en cuyo extremo lleva una caña hueca de más o menos 4 metros de largo que termina en una boquilla para poder soplar.

Este singular instrumento emite un sonido ronco, que se escucha desde lejos y se lo pinta de color rojo, adonado con borlas de colores. Quedan en la actualidad muy pocos intérpretes.

Agustín Chazarreta, en su libro “Tradiciones Santiagueñas, de 1953, las describe así: “Son éstas, largas cañas de tres o cuatro metros, forradas con género colorado. En la punta delgada cada caña tiene colocada un “asta” de buey pintada en colores llamativos y de las que cuelgan borlas, cintas y toda clase de achachas”. Define a las “achachas” como “adornos que brillan”

La rica tradición del santiagueño y su enorme afinidad con la música folclórica, ha permitido que todo el mapa provincial, sea el escenario donde viven, sueñan y crean, sus luthiers.

Coreografías Danzas  Nativas

Chacarera

Pareja enfrentada acompañando con palmas la música. Se inicia la danza con un acercamiento de ambos al medio y un giro, para luego describir una vuelta entera, hasta regresar al lugar inicial, con los brazos abiertos y un suave castañeo de dedos.

A continuación el hombre realiza su zapateo y la mujer despliega su pollera adornando la mudanza.

Luego se repite esta secuencia y al encontrarse nuevamente en sus lugares, se hace una media vuelta, quedando la pareja en posición inversa y desde allí se  encuentran en el centro, para terminar con un giro final que los une en el centro.

La segunda parte se baila de idéntica manera

Gato

Más simple que la chacarera, el gato posee las mismas figuras y el castañeo. Comienza con parejas enfrentadas, que tras de una vuelta entera realizan la mudanza; luego una media vuelta, quedando invertida la posición de los bailarines, desde donde realizan el giro final.

La segunda parte repite la secuencia.

Escondido

Danza de cuatro esquinas. Cada bailarín con castañeo se corre hacia su esquina izquierda donde realiza un giro; continúa hasta que en la cuarta queda en La postura inicial. Se realiza una vuelta entera y el hombre el zapateo y la mujer se esconde. Luego describen otra vuelta entera, al final de la cual, la mujer hace su mudanza y el hombre se esconde. Termina en un giro final.

La segunda parte es igual, a diferencia que la primera mudanza la realiza la mujer y la segunda el hombre.

Zamba

La zamba no posee una coreografía definida. Sus figuras, dentro de los giros circulares de las danzas santiagueñas, responden a las características del bailarín o a los sentimientos que ellos interpretan.

Carece de mudanzas y zapateos, concediendo protagonismo al pañuelo que en su vuelo otorga cadencia y romanticismo a la danza.

Malambo

Mas que baile, el malambo es un contrapunto de mudanzas y zapateos, donde se exhiben las destrezas y las actitudes de los bailarines.

Zamba Alegre

Danza de galanteo de pareja suelta e independiente. Posee dos movimientos, es decir 16 compases de zamba, 16 de gato y 12 finales de zamba. Se baila de una pareja, enfrentada, con pañuelo y con castañeo.

Arunguita

Su coreografía y ritmo se asemeja al “gato”, con la diferencia de que la entrada se efectúa con mudanzas en cada una de ellas.

Remedio

Esta danza adapta La coreografía del gato y de La “mariquita”. Una característica entrada en cuatro esquinas, es seguida de mudanzas y zapateos, para terminar el baile, con castañeo, luego de la segunda mudanza.

FIESTAS POPULARES SANTIAGUEÑAS

La estirpe santiagueña ha otorgado un papel de singular raigambre popular a distintos acontecimientos, que con el correr del tiempo, se han impuesto como rituales de práctica casi obligatoria en la vida cotidiana.

Siempre conjugando una mixtura de elementos indígenas y religiosos, el santiagueño desentraña en las creencias, su interior más puro y genuino. Miedos, deseos, alegrías o tristezas los resuelve en celebraciones que derrochan ritos, costumbres, tradiciones, música, gastronomía, mitos y evocaciones.

Estas fiestas son muy frecuentes en las manifestaciones religiosas, en las que convive la herencia originaria con aquellas impuestas por la evangelización. Las fiestas patronales de los santos religiosos comparten rituales con las paganas, con una línea casi imperceptible entre una y otra, se respetan por igual y ambas son depositarias de la gracia, del deseo, la necesidad o la invocación de sus feligreses.

La liturgia popular santiagueña adora a santos y vírgenes que desde la iniciación cristiana pueblan esta región; pero también venera a otros, que surgidos de una remota leyenda, se han hecho presentes y sobreviven en la profunda fe que la gente les ha confiado.

Estas celebraciones adquieren una fisonomía particular en el interior de la provincia. Comunidades pequeñas, pero quizá distantes en su formación geográfica comparten sus fiestas, sus costumbres y sus creencias.

Entre las celebraciones religiosas, son muy conocidos algunos rituales que se practican aún hoy,  especialmente en el departamento Silípica, tales como las llamadas “corridas de indios”, las “vivas de los alféreces” y las procesiones con el santo o virgen del lugar y los visitantes que vienen de comunidades vecinas.

Las “corridas de indios” son una penitencia que consiste en correr largas distancias hasta caer rendidos ante el altar. Con antelación se establece un punto de partida desde donde los promesantes (llamados indios), en desenfrenada corrida, recorren varios kilómetros hasta llegar a hincarse ante el altar. Antiguamente durante la carrera, se azotaban las piernas con una rama de vinal, para descomprimir la presión sanguínea, lo que hoy ya no se practica. En su derrotero “los indios” son custodiados por jinetes a caballo y asistidos por los lugareños, quienes les proveen de agua.

Las procesiones se realizan generalmente en las inmediaciones de la capilla, donde se portan las vírgenes y los santos presentes en la celebración. En Villa Silípica y en Sumamao se acompañaba las procesiones con el sonido de los “erques” o “cornetas”, lo cual se realiza en la actualidad, solamente en Villa Silípìca.

Las “vivas de los alféreces” es otra costumbre muy arraigada en la zona de Sumamao. Se trata de un ritual que consiste en recorrer a caballo, en forma circular, bajo unos arcos con flores de papel, del cual se cuelgan golosinas y roscas. Los “vivadores” se disputan estas ofrendas entre gritos y alaridos de alegría.

Estos rituales se realizan tanto en homenaje de la Virgen de las Mercedes, patrona del lugar, como de San Esteban, cuya fiesta  convoca a feligreses de latitudes lejanas y que la grey católica si bien no lo registra como Santo, tampoco lo desconoce.

Según la tradición oral  a San Esteban no le gusta vivir en las iglesias, reside en casa de sus “dueños” en Maco, desde donde peregrina cada diciembre hacia Sumamao. El día 19 sale en procesión, custodiado por jinetes y el 26  se realiza la fiesta en su honor, con mucha comida, baile, diversión y rituales.

Una de las fiestas religiosas más tradicionales y convocantes de Santiago del Estero, es la del Señor de los Milagros de Mallín, en el departamento Avellaneda, que se celebra en el mes de mayo, precisamente el día de la asunción del Señor.

Según el relato popular a fines del siglo XVIII fue encontrada una Cruz Milagrosa en el hueco de un algarrobo. En un primer momento tuvo un oratorio hasta que el Gobernador Taboada hizo construir el templo en su honor.

La celebración consta de novenas, procesiones y misas, acompañadas de música, canto y baile, para recibir a los peregrinos que a pie, a caballo u otros medio de movilidad que acercan a honrar al Señor.

Otra fiesta religiosa de hondo sentir popular es la dedicada a Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, patrona del pueblo de la provincia. Venerada en la Capilla en su honor en el departamento Quebrachos, celebra sus fiestas patronales el 23 de noviembre, a la que acuden multitudes procedentes de distintos lugares del país.

La imagen de Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, según la crónica de la época, llegó junto con la imagen de la Virgen de Luján. En su camino  hacia Sumampa a lomo de mula, ésta se detuvo en un árbol, sin motivo alguno y a pesar de los esfuerzo no pudieron hacerla continuar. En ese lugar, se le construyó un oratorio donde se la veneró hasta la construcción del templo actual.

Otras celebraciones religiosas de hondo sentir popular son las dedicadas a las Vírgenes de Huachana, del Rosario de Sotelo, de la Montonera en Capital, de los Dolores en Matará, Nuestra Señora de Montserrat en Silípica, Santa Bárbara en Manogasta, Nuestra Señora de  Loreto, la Purísima Concepción de Atamishqui, la Purísima Concepción de Tuama, el Señor Hallado en Villa Jiménez y muchos mas que a lo largo y a lo ancho de esta ancestral provincia cubren con su manto las más genuinas y puras concepciones y creencias religiosas.

, A veces el límite entre lo religioso y lo pagano se desdibuja en la evocación, en la creencia y en el sentimiento popular. Ello se advierte en los llamados  “rezabailes”, en las que la música y la danza, constituyen una manera de hacer sus ofrendas, cumplir promesas y también a veces sobrellevar el dolor de la muerte.

Agustín Chazarreta cuenta que para los rezabailes, se prepara un altar con la imagen del santo de su devoción y durante toda la noche y hasta el amanecer se alternan los rezos, alguna procesión, el baile y la ingesta de bebidas alcohólicas.

Entre las fiestas populares más conocidas y popularizadas, especialmente por la música, se encuentran las Telesiadas. Enmarcada en lo que se llama fiesta religioso-pagana, se realiza en cualquier época del año, generalmente cuando se encuentra un animal perdido o cuando la majada ha salido ilesa de un daño, o para invocar el agua para las ardientes tierras santiagueñas.

Orestes Di Lullo explica que “Estas fiestas rurales y familiares, tan difundidas, cuentan con la adhesión popular a favor de antiguas creencias religiosas, primitivas o cristianas, que invocan la protección de un dios menor, canonizado popularmente, y al cual le ofrecen una fiesta, cuya promesa se cumple después que el milagro se ha producido”. (El Folclore de Santiago del Estero, 1943).

La Telesiada  alude a la leyenda de la Telesita, que huérfana  y atormentada vivía en el espeso monte y sólo se acercaba cuando sentía la música de alguna fiesta. Bailaba sin cesar hasta el amanecer si fuera posible. Pero una noche, entre chacareras y zambas cayó al encendido fuego, donde murió calcinada, sin que nadie pudiera ayudarla. 

Conocida en toda la provincia como alma milagrosa, es invocada en épocas críticas para los campesinos. La ofrenda consiste en un gran baile y banquete (telesiada), en el cual el promesante baila siete chacareras seguidas y bebe siete copas de caña, rogando envíe el agua que no tuvo para apagar su cuerpo.

El Velorio del Angelito es otra costumbre de raigambre popular, Cuando muere un niño de corta edad, el ritual consiste en armar un altar con un cielo, generalmente utilizando una sábana y se adorna un rincón con coloridas colchas floreadas, flores naturales y artificiales. En el centro el “angelito” muerto tiene unas flores de papel, “para facilitar su vuelo”.

La simbología consiente la creencia de la despedida de un ángel que se va al cielo, entre llantos, rezos, bailes y coplas para el niño.

Un ritual de hondo y profundo sentir que se atenúa y sobrelleva, con la pena encubierta en un amargo festejo. Se dice que no se debe llorar, puesto que las lágrimas mojan las alas del “angelito” y le impiden el vuelo y que en el entierro, la madre debe bailar “para que pueda desprenderse del ruedo de su vestido”.

Siguiendo las costumbres populares y sus creencias acerca de la muerte, las Alumbradas, constituyen una tradición que el santiagueño ha ido mutando en su ritual, especialmente en los centros urbanos, pero que perdura en la sana fe que profesa.

Con algunas características peculiares, adosadas por cotidianidad, los hábitos y la creencia de la vida después de la muerte, el santiagueño rememora cada noche del 1 y vísperas del 2 de noviembre a sus seres queridos fallecidos.

Quizás las altas temperaturas de la época sentaron el hábito de visitar sus afectos muertos al atardecer y amanecer junto a la tumba, velando y orando por los fieles difuntos.

Los alrededores de los cementerios se pueblan de puestos de venta de velas, flores, coronas y también empanadas y licores y las familias concurren a los cementerios portando sillones o banquetas para pasar la noche.

Si bien en las ciudades, las normas urbanas ya no admiten estas costumbres, en las zonas periféricas, parajes y pueblos del interior aún se estilan.

Entre las fiestas paganas que aún se celebran, la del Tanicu en Salavina es muy conocida. Se celebra el primer domingo de octubre y se origina en la antigua leyenda del Tanicu o Tanico (diablo).

Octubre es un mes de carestía para la subsistencia familiar de la zona y cuenta la creencia popular que el Tanicu recorría, durante la siesta, las cocinas y fogones  para controlar si se cocinaba. Así nace la costumbre de preparar abundante comida “para demostrar al diablo que había abundancia”. El plato que habitualmente se preparaba, era el “aluco”, una sopa espesa en base de trigo molido y charqui o carne de cabrito, que se distribuía entre la gente de menores recursos.

El festejo se completaba con bebida, baile, muestras de algarabía y todo tipo de demostraciones de abundancia que pudieran evitar o expulsar la presencia del Tanicu.

Santiago del Estero, comparte con todo el país el festejo del Carnaval, pero a su manera recrea la fiesta pagana con un festejo al que llaman “Trincheras”.

La fiesta se prepara en el “boliche” más cercano. La usanza popular y que algunas poblaciones aún conservan, consiste en una ambientación de largos troncos horizontales, sostenidos por horcones clavados en el suelo y más atrás una gran cancha para el baile, rodeada de bancos.

Es una fiesta familiar que reúne a toda la comunidad, sin distinciones de condición social o edad, donde se juega con agua, harina y serpentinas, aunque actualmente se utilizan también otros sustancias, como ser la pintura.

Una antigua tradición es la de llegar a caballo y saltando el travesaño entrar al baile entre el sonar de cohetes.

Misterios, supersticiones, religiosidad, creencias que el santiagueño expresa en sus fiestas en la que la música, el canto, el baile, las comidas y bebidas constituyen instrumentos de la auténtica expresión popular.

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